Lectura Dominical (Domingo XXIX del T.O.)
Is 45, 1.4-6; 1ª Ts 1, 1-5b; Mt 22, 15-21
La perícopa del evangelio de hoy consta de una pregunta por parte de los fariseos para comprometer a Jesús y de la respuesta de Jesús para fijar bien su posición y doctrina al respecto; todo ello en el contexto de querer cazar a Jesús.
La pregunta sobre la licitud o no licitud de pagar impuestos al Cesar -¿estamos obligados a pagar impuestos al Cesar, o no? (Mt 22, 17)- no es una pregunta ni inocente, ni con intención de clarificar una posición. Es toda ella, una pregunta mal intencionada y con el objetivo de, según que pronunciamiento, poder acusar a Jesús. Si se pronuncia de modo favorable al pago del impuesto al Cesar sería acusado por parte de los oyentes más piadosos y más patriotas de no reconocer la soberanía de Dios y de colaborar con el poder romano invasor. Si por el contrario, rechaza el pago del impuesto al Cesar, podría ser acusado ante las autoridades como agitador social y partidario de la liberación del yugo romano. Diera la respuesta que diera Jesús no tendría escapatoria y se le situaría partidario de un sector o de otro. Podríamos pensar que la respuesta que Jesús da es la más inteligente y política para escabullirse de la situación comprometida. ¿Pero, cuando hemos visto a Jesús no afrontar con valentía las situaciones, por muy adversas que sean, y por mucho que le comprometan su vida? ¿Cuándo hemos visto a Jesús ser político y no pronunciarse con claridad frente al proyecto de Dios y su Reino?
La respuesta de Jesús no la podemos situar ni como política ni como evasiva, sino como la respuesta de quien tiene claro el proyecto de Dios sobre la historia y las relaciones de los hombres y mujeres dentro de esta historia.
- Jesús reivindica la supremacía de Dios que conduce la historia sin que quienes se creen artífice de la historia, a veces, sean consciente. Es a lo que el profeta Isaías se refiere cuando va enumerando todas las acciones que Yahvé Dios va realizando y apostilla “sin que tú me conocieras”. La historia tiene un plan establecido por Dios. Y la plenitud de esta historia no es otro que el desarrollo de dicho plan. La importancia de la respuesta de Jesús no estriba en reconocer dos esferas separadas: el mundo de lo profano, y el mundo de lo sagrado como dos modos de actuación diferentes, sino en reconocer la implicación de uno en otro declarando que también en el mundo de lo profano Dios tiene una palabra que decir. Jesús reivindica que el sentido originario del mundo, sus actuaciones y decisiones no es otro que consumarse como Reino de Dios. Es la llamada por parte de Jesús a que podamos preguntarnos y discernir si este es el mundo que Dios piensa y quiere y nos pongamos a trabajar en la dirección de hacer de este mundo, de la sociedad, el mejor mundo de Dios.
- Hacer de nuestros poderes políticos, económicos, sociales, etc., la norma suprema, sin referencias al proyecto de vida de Dios y del Evangelio, es caer de nuevo en manos de los nuevos cesares que se proclaman “hijos augusto de Dios y pontífice máximo” y, que reivindican de nosotros, vivir subyugación. Toda norma y comportamiento sean, emanadas del poder civil o del eclesiástico, tendrían su naturaleza de ciudadanía y legitimación en la medida que reprodujera y ayudara a realizar el mundo que Dios piensa y que adelantara el hacer realidad aquí y ahora del Reino de Dios.
- Un segundo elemento, que nos desvela este evangelio es la del rechazo a toda adoración o idolatría provengan éstas de los estamentos de poder, prestigio, dinero, narcisismo, o de los mismos ámbitos eclesiásticos. “Yo soy el Señor no hay ninguno otro; fuera de mí no hay Dios”, nos dice el profeta Isaías y “dar a Dios lo que es de Dios”, nos recuerda el evangelio. No confundir los planos de nuestra adoración y entrega: reconocer lo que es importante y fundamental y lo que es secundario y superfluo que no puede anular y relegar lo fundamental y primario; reconocer, que a lo que debo mi entrega y mi apuesta de vida no es al dinero, al poder, al prestigio, a la fama, etc., sino a Dios para hacer de mi vida, de la de los demás, y de la sociedad, signos del Reino.
- Y como tercero, reconocer la imagen de Dios, y devolver en ellos a Dios lo que es de Dios. Jesús se refería en hacer opciones serias y comprometidas por los preferidos de Dios; por aquellos que son la imagen más clara de Dios por los que Dios vela de modo cuidadoso. En ese grupo entran los empobrecidos, los últimos, lo que sufren la más severa marginación. Para Jesús y su Buena Noticia, estos se encuentran en este grupo porque los Cesares –poder, dinero, política-, de nuestro tiempo les han robado la parte que le correspondía. Han sido sacrificados en aras de los “Césares” absolutos. Hay que devolver a estos empobrecidos los que les pertenece y situar las cosas en su sitio: “Dar al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios”; entonces si, que el mundo sería como Dios lo piensa, y estaríamos adelantando la venida y la construcción del Reino.

La gente comenta...