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“Estoy como en casa…” por Antonio R. Ramírez

Sábado, 28 de enero de 2012 Sin comentarios

Nuestro hermano Antonio Ramírez, del Centro de Huelva, pero que su formación como cooperador la hizo entre nosotros, nos hace llegar este artículo que ha publicado en el boletín que tienen en la pastoral de Huelva. Dice así:

     Estoy como en casa…ya son 10 años animando y en este tiempo he estado en varias casas, primero en Morón, después en Triana y ahora aquí en Huelva.  En las tres he dicho varias veces la frase que encabeza esta humilde columna.

Ya en Morón tuve varias “madres adoptivas” y no es que no tenga madre, sino que por esa familiaridad que se crea en el colegio, en el patio uno realmente conoce y es conocido por las madres y padres de los chavales que acuden tanto al Centro Juvenil como al colegio.

En Triana, os lo confieso, llegue con un poco de miedo, cambié de ciudad y todo era nuevo, bueno, todo no, allí también había y hay colegio y Centro Juvenil, por lo que fui “acogido” por  un par de familias, tanto entre los Salesianos Cooperadores como entre varias familias de animadores encontré mi casa, y hoy todavía, cuando voy por Sevilla me llaman y se siguen preocupando por mi y por todo lo que tiene que ver conmigo.

Pero aquí no acaba todo, ya llevo varios años aquí y lo vuelvo a decir, estoy como en casa, Don Bosco nunca prometió a sus salesianos ni dinero ni joyas ni nada similar, sólo les prometió el paraíso y para mi, un buen paraíso es sentir que mi casa esta allí donde hay salesianos. Huelva y Triana, para mi suenan igual que Morón, una casa que acoge. Podría escribir multitud de anécdotas de cualquiera de los tres sitios, pero mejor dejarlo para más adelante. No soy el único que en nuestra pastoral se encuentra en esta situación, este agradecimiento lo podrían haber escrito varias personas, siendo o  no de Huelva, así que en su nombre y en el mío propio os digo: “Gracias mamis por hacerme sentir como en casa”

Lectura Dominical (XXX del T.O.)

Lunes, 24 de octubre de 2011 Sin comentarios

Ex. 22, 20-26; 1 Ts. 1, 5c-10; Mt. 22, 34-40

            ¿Cuál es el mandamiento más importante y principal? Es la pregunta de quien se preocupa por lo fundamental. Perdido ante tal maraña de preceptos (248) y de prohibiciones (365), el fariseo tiene necesidad de saber qué es lo fundamental y para ello pregunta.  La primera parte de la respuesta que Jesús l da corresponde al Shemá Israel: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tus fuerzas y con toda tu mente”. A ello adjunta en igualdad de importancia el amor al prójimo. Con ello Jesús está expresando un único movimiento del amor que encuentra en Dios y el en el prójimo su meta.

Nosotros podríamos seguir preguntándonos con el fariseo, ¿qué es amar? Evidentemente el amor al que Jesús se refiere está más allá de un movimiento romántico del corazón, más allá del sentimiento. Es una actitud vital de realizar y vivir lo que es la voluntad de Dios impulsando el nuevo orden de vida que Dios quiere. El amor a Dios recrea la historia y el mundo haciéndolo nuevo. Quien ama a Dios vive en voluntad de Dios. Por eso el amor a Dios tiene para el creyente y la comunidad una dimensión social. Amor a Dios y compromiso por la justicia y vida mejor para los últimos son indisociables. Esto queda muy claro en los preceptos que el texto del éxodo hoy hemos proclamado: en primer, está la necesidad de rechazar la idolatría viviendo en fidelidad al único Dios verdadero. Como consecuencia de lo anterior vivir en fe creando y favoreciendo mejores condiciones de vidas para los últimos –extranjeros, huérfanos y viudas, y pobres-. Es desde este único movimiento desde donde Jesús reivindica la inseparabilidad del amor a Dios y al prójimo, entendido éste, como el compromiso por hacerle devolver su dignidad como persona. El mismo san Juan será quien manifieste que la veracidad del amor a Dios está en la realidad del amor al hermano. “No podéis amar a Dios a quien no veis, si no amáis a Dios a quien no veis” (1 Jn 2,9).

Con el paso del tiempo podemos haber pervertido nuestro estar “religado con Dios” y hacerlo consistir en una experiencia más o menos psicológica de estar a gusto dentro de la religión. ¿Es esta la fe a la que nos llama el evangelio de hoy? Una fe que se reduce a la dimensión personal e individualista no tiene nada que ver con la fe que se nos pide desde el evangelio de Jesús. El sentirnos a gusto y no inquietados con el evangelio puede ser fruto de un “corazón acostumbrado” y que no da frutos de conversión. Y ello es traicionar el evangelio.

El modelo de una comunidad que vive y redimensiona su existencia desde la fe es la que Pablo alaba al contemplar la vida de la comunidad de Tesalónica: una comunidad que se deja trabajar internamente acogiendo dentro de ella en obediencia la acción del Espíritu Santo; una comunidad que acoge el evangelio desde la convicción profunda. Una acogida así del evangelio es una fuerza imparable que llega a contagiar: El mensaje corre de boca en boca; es llamativo e impacta. El peligro es cuando manipulamos y traicionamos el evangelio haciendo pactos con los poderes ya entonces la palabra deja de tener que decir algo entre los pobres.

El Domund está reivindicando de la comunidad creyente un evangelio anunciado y predicado, venciendo toda dificultad,  entre los más pobres, favoreciendo entre estos la humanización y la dignidad de vida. Es lo que Jesús vino a anunciar. Por eso, como e Padre envió a Jesús, Él nos envía.

 Miguel Conrado Montes Infante, SDB

Lectura Dominical (Domingo XXIX del T.O.)

Martes, 18 de octubre de 2011 Sin comentarios

Is 45, 1.4-6; 1ª Ts 1, 1-5b; Mt 22, 15-21

      La perícopa del evangelio de hoy consta de una pregunta por parte de los fariseos para comprometer a Jesús y de la respuesta de Jesús para fijar bien su posición y doctrina al respecto; todo ello en el contexto de querer cazar a Jesús.

      La pregunta sobre la licitud o no licitud de pagar impuestos al Cesar -¿estamos obligados a pagar impuestos al Cesar, o no? (Mt 22, 17)- no es una pregunta ni inocente, ni con intención de clarificar una posición. Es toda ella, una pregunta mal intencionada y con el objetivo de, según que pronunciamiento, poder acusar a Jesús. Si se pronuncia de modo favorable al pago del impuesto al Cesar sería acusado por parte de los oyentes más piadosos y más patriotas de no reconocer la soberanía de Dios y de colaborar con el poder romano invasor. Si por el contrario, rechaza el pago del impuesto al Cesar, podría ser acusado ante las autoridades como agitador social y partidario de la liberación del yugo romano. Diera la respuesta que diera Jesús no tendría escapatoria y se le situaría partidario de un sector o de otro. Podríamos pensar que la respuesta que Jesús da es la más inteligente y política para escabullirse de la situación comprometida. ¿Pero, cuando hemos visto a Jesús no afrontar con valentía las situaciones, por muy adversas que sean, y por mucho que le comprometan su vida? ¿Cuándo hemos visto a Jesús ser político y no pronunciarse con claridad frente al proyecto de Dios y su Reino?

      La respuesta de Jesús no la podemos situar ni como política ni como evasiva, sino como la respuesta de quien tiene claro el proyecto de Dios sobre la historia y las relaciones de los hombres y mujeres dentro de esta historia.

  • Jesús reivindica la supremacía de Dios que conduce la historia sin que quienes se creen artífice de la historia, a veces, sean consciente. Es a lo que el profeta Isaías se refiere cuando va enumerando todas las acciones que Yahvé Dios va realizando y apostilla “sin que tú me conocieras”. La historia tiene un plan establecido por Dios.  Y la plenitud de esta historia no es otro que el desarrollo de dicho plan. La importancia de la respuesta de Jesús no estriba en reconocer dos esferas separadas: el mundo de lo profano, y el mundo de lo sagrado como dos modos de actuación diferentes, sino en reconocer la implicación de uno en otro declarando que también en el mundo de lo profano Dios tiene una palabra que decir.  Jesús reivindica que el sentido originario del mundo, sus actuaciones y decisiones no es otro que consumarse como Reino de Dios. Es la llamada por parte de Jesús a que podamos preguntarnos y discernir si este es el mundo que Dios piensa y quiere y nos pongamos a trabajar en la dirección de hacer de este mundo, de la sociedad, el mejor mundo de Dios.
  • Hacer de nuestros poderes políticos, económicos, sociales, etc., la norma suprema, sin referencias al proyecto de vida de Dios y del Evangelio, es caer de nuevo en manos de los nuevos cesares que se proclaman “hijos augusto de Dios y pontífice máximo” y, que reivindican de nosotros, vivir subyugación. Toda norma y comportamiento sean, emanadas del poder civil o del eclesiástico, tendrían su naturaleza de ciudadanía y legitimación en la medida que reprodujera y ayudara a realizar el mundo que Dios piensa y que adelantara el hacer realidad aquí y ahora del Reino de Dios.
  • Un segundo elemento, que nos desvela este evangelio es la del rechazo a toda adoración o idolatría provengan éstas de los estamentos de poder, prestigio, dinero, narcisismo, o de los mismos ámbitos eclesiásticos. “Yo soy el Señor no hay ninguno otro; fuera de mí no hay Dios”, nos dice el profeta Isaías y “dar a Dios lo que es de Dios”, nos recuerda el evangelio. No confundir los planos de nuestra adoración y entrega: reconocer lo que es importante y fundamental y lo que es secundario y superfluo que  no puede anular y relegar lo fundamental y primario; reconocer, que a lo que debo mi entrega y mi apuesta de vida no es al dinero, al poder, al prestigio, a la fama, etc., sino a Dios para hacer de mi vida, de la de los demás, y de la sociedad, signos del Reino.
  • Y como tercero, reconocer la imagen de Dios, y devolver en ellos a Dios lo que es de Dios. Jesús se refería en hacer opciones serias y comprometidas por los preferidos de Dios; por aquellos que son la imagen más clara de Dios por los que Dios vela de modo cuidadoso. En ese grupo entran los empobrecidos, los últimos, lo que sufren la más severa marginación. Para Jesús y su Buena Noticia, estos se encuentran en este grupo porque los Cesares –poder, dinero, política-, de nuestro tiempo les han robado la parte que le correspondía. Han sido sacrificados en aras de los “Césares” absolutos. Hay que devolver a estos empobrecidos los que les pertenece y situar las cosas en su sitio: “Dar al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios”; entonces si, que el mundo sería como Dios lo piensa, y estaríamos adelantando la venida y la construcción del Reino.
Miguel Conrado Montes Infante, SDB

Nueva sección: La lectura dominical, por Miguel Conrado Montes Infante, SDB

Martes, 4 de octubre de 2011 1 comentario

Por iniciativa de Fátima, y cortesía de Miguel Conrado Montes Infante, SDB, contamos a partir de ahora con una nueva sección en nuestro espacio web. Se trata de los comentarios que Miguel hace a las lecturas de cada domingo, que envía de manera regular por correo electrónico a sus seguidores y que, desde esta semana, iremos repitiendo aquí para ampliar su difusión.

Esperamos  que sean de vuestra utilidad y provecho.

La lectura dominical (Domingo XXVII T.O.)

Martes, 4 de octubre de 2011 Sin comentarios

Mt. 21, 33-43

“Se os quitará a vosotros el Reino y se le dará a otro pueblo que produzca los frutos a su tiempo”.

 Esta es otra de las graves sentencias de Jesús recogidas en el Evangelio de Mateo y que, al igual que la del domingo pasado: “los publicanos y prostitutas os llevan la delantera en el Reino”, son avisos para navegantes. En un tiempo, fue llamada de atención para el Pueblo de Israel y, hoy, lo es para todal la Iglesia.

Los profetas, y en concreto Isaías, tiene clara conciencia de que Dios ha escrito una historia de amor con su pueblo. Este amor se pone de relieve en la elección, el acompañamiento y el cuidado que Dios ejerce a favor del pueblo. Este amor es resaltado por el profeta utilizando el símil de lo que un buen viñador haría con su viña: elige un buen terreno, elige buenas cepas, la cuida, etc. ¿Qué ocurrió en esta viña para que no siguiera las leyes de la biología, y diera buenos frutos? Tenían un corazón obstinado y endurecido. Un corazón que lejos de responder con agradecimiento y según el estilo de vida que Dios quiere, se ha constituido en paradigma y referencia de toda acción llegando a prescindir de Dios. Para ellos Dios ya no cuenta. Está lejos aquel tiempo donde Israel respondía acogiendo la Palabra de Dios y viviéndola. No se viven tiempos de fidelidad y de respuesta amorosa por parte del pueblo al Dios que los eligió y los libertó y en esta situación el profeta vaticina el abandono a este pueblo y su destrucción. Todos los males que le aquejan provienen de haberse olvidado de Dios.

Jesús, siguiendo con la misma temática de la viña la clarifica. La viña, ya no es el pueblo sino que es toda realidad que vive la experiencia de filiación- vivir como hijos del Padre- y  de fraternidad –hermanos y compañeros unos de otros-. La viña es nuestro cosmos transformado según el plan de Dios viviendo en fidelidad dicho plan.  La viña es el mundo de Dios y que él coloca en nuestras manos. La viña es el mundo en cuanto llamada de Dios y tarea de los hombres. Jesús en el evangelio de hoy hace una relectura del modo de actuar de Dios, siempre fiel, con respecto al mundo como Reino su Reino: El mundo es de Dios y se lo confía al hombre para que lo transforme y lo perfeccione. En este trabajo de transformación es necesario creyentes que se fíen de Él, que vivan y hagan realidad su voluntad. Un mundo y una humanidad según el proyecto de Dios es el fruto que el dueño de la viña reclama. Todas las intervenciones de Dios en la historia –profetas y la misma Encarnación del Hijo- no son más que posibilidades para los hombres de dar el fruto que Dios quiere. Pero, cuando el hombre se quiere constituir en dueño absoluto de toda la creación y, del sentido último de esta y, cuando el hombre se erige en norma absoluta y punto de referencia último de todo, no está colaborando a que la viña dé los frutos que Dios espera. Y aquí la queja de Dios: ¿por qué esperando que diera uvas dio agrazones? En boca de Jesús no cabe destrucción ni aniquilación. En su boca, solo puede caber seguir buscando nuevos hombres y mujeres que vivan y respondan al plan de Dios.

Los creyentes, y nuestra Iglesia, con frecuencia caemos en el pecado de la seguridad:  ya poseemos el Reino, somos Reino de Dios, somos el Pueblo de Dios, somos los elegidos. Nada más contrario al evangelio de hoy. Pertenecer al Reino, trabajar en el Reino, no es cuestión de pertenencia a un grupo determinado, ni cuestión de ser de una clase o casta. La pertenencia al Reino y, la invitación a trabajar en el Reino, es cuestión de dar frutos de evangelio. Nadie tiene asegurado su ser del Reino por pertenecer a la estructura de la Iglesia. La pertenencia al Reino se valida desde la transformación personal para dar los frutos nuevos. Sólo se les confía el Reino a los que desde su transformación personal de mente y corazón se posibilitan para dar frutos.

A veces en la historia de la Iglesia nos hemos creídos el centro y los administradores de la salvación. Se salvaban, estaban en las claves del Reino, quienes pertenecían a la Iglesia, decíamos. Los demás estaban excluidos.  En el evangelio de hoy se nos dice que pertenecen al Reino, son trabajadores en el Reino, quienes dan frutos: bondad, reconciliación, Justicia, solidaridad, quienes se toman en serio que somos  responsables de la suerte de todos y cada uno de los hermanos, quienes sus criterios de vida y el sentido de su vida lo encuentran en Dios, etc.  No vivir así es querer adueñarnos de la viña y querer matar a Dios.

En una ocasión le preguntó un periodista a Madre Teresa: “madre que cambios son más urgente hacer en la Iglesia. Ella le contestó: El tuyo y el mío”. Sí, efectivamente, se trata de cambiar el corazón y la mentalidad de las personas para dar cabida en cada uno de nosotros al proyecto de Dios.

Miguel Conrado Infante, SDB