Ex. 22, 20-26; 1 Ts. 1, 5c-10; Mt. 22, 34-40
¿Cuál es el mandamiento más importante y principal? Es la pregunta de quien se preocupa por lo fundamental. Perdido ante tal maraña de preceptos (248) y de prohibiciones (365), el fariseo tiene necesidad de saber qué es lo fundamental y para ello pregunta. La primera parte de la respuesta que Jesús l da corresponde al Shemá Israel: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tus fuerzas y con toda tu mente”. A ello adjunta en igualdad de importancia el amor al prójimo. Con ello Jesús está expresando un único movimiento del amor que encuentra en Dios y el en el prójimo su meta.
Nosotros podríamos seguir preguntándonos con el fariseo, ¿qué es amar? Evidentemente el amor al que Jesús se refiere está más allá de un movimiento romántico del corazón, más allá del sentimiento. Es una actitud vital de realizar y vivir lo que es la voluntad de Dios impulsando el nuevo orden de vida que Dios quiere. El amor a Dios recrea la historia y el mundo haciéndolo nuevo. Quien ama a Dios vive en voluntad de Dios. Por eso el amor a Dios tiene para el creyente y la comunidad una dimensión social. Amor a Dios y compromiso por la justicia y vida mejor para los últimos son indisociables. Esto queda muy claro en los preceptos que el texto del éxodo hoy hemos proclamado: en primer, está la necesidad de rechazar la idolatría viviendo en fidelidad al único Dios verdadero. Como consecuencia de lo anterior vivir en fe creando y favoreciendo mejores condiciones de vidas para los últimos –extranjeros, huérfanos y viudas, y pobres-. Es desde este único movimiento desde donde Jesús reivindica la inseparabilidad del amor a Dios y al prójimo, entendido éste, como el compromiso por hacerle devolver su dignidad como persona. El mismo san Juan será quien manifieste que la veracidad del amor a Dios está en la realidad del amor al hermano. “No podéis amar a Dios a quien no veis, si no amáis a Dios a quien no veis” (1 Jn 2,9).
Con el paso del tiempo podemos haber pervertido nuestro estar “religado con Dios” y hacerlo consistir en una experiencia más o menos psicológica de estar a gusto dentro de la religión. ¿Es esta la fe a la que nos llama el evangelio de hoy? Una fe que se reduce a la dimensión personal e individualista no tiene nada que ver con la fe que se nos pide desde el evangelio de Jesús. El sentirnos a gusto y no inquietados con el evangelio puede ser fruto de un “corazón acostumbrado” y que no da frutos de conversión. Y ello es traicionar el evangelio.
El modelo de una comunidad que vive y redimensiona su existencia desde la fe es la que Pablo alaba al contemplar la vida de la comunidad de Tesalónica: una comunidad que se deja trabajar internamente acogiendo dentro de ella en obediencia la acción del Espíritu Santo; una comunidad que acoge el evangelio desde la convicción profunda. Una acogida así del evangelio es una fuerza imparable que llega a contagiar: El mensaje corre de boca en boca; es llamativo e impacta. El peligro es cuando manipulamos y traicionamos el evangelio haciendo pactos con los poderes ya entonces la palabra deja de tener que decir algo entre los pobres.
El Domund está reivindicando de la comunidad creyente un evangelio anunciado y predicado, venciendo toda dificultad, entre los más pobres, favoreciendo entre estos la humanización y la dignidad de vida. Es lo que Jesús vino a anunciar. Por eso, como e Padre envió a Jesús, Él nos envía.
Miguel Conrado Montes Infante, SDB
La gente comenta...