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Los ángeles del polígono sur

Fecha de publicación Fecha de publicación: 20 Septiembre 2007
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Fátima nos manda el siguiente artículo.
Por Giorgio Monteforti

El “Polígono Sur” es hoy, en todos los sentidos, un barrio periférico de Sevilla, aunque no del todo. Pero cuando en 1963 fue planeado e introducido en el PGOU (Plan General de Ordenación Urbana) tuvo que quedarse fuera.
Exactamente a cuatro kilómetros y medio del centro. Allí, en casas populares construidas expresamente, tenían que ser trasladados los chabolistas de la ciudad. Y hacia el final de los años 60, cuando acabaron los trabajos de construcción de la “Barriada de la Paz”, fueron entregadas las primeras mil casas y expulsados los primeros 3.500 marginados.

Pero quedaba todavía el problema de las familias pobres del centro, mucho más numerosas que los desplazados, y entonces, en los primeros años 70, se construyeron e inauguraron en el Polígono Sur los barrios de “Nuestra Señora
de la Oliva” y de “Las Letanías”, otros bloques de casas populares de seis mil y cuatro mil inquilinos cada uno, respectivamente. Cuando todavía en 1976 había que alojar a las familias jóvenes con rédito bajo, se construyó la “Barriada Murillo”, una extensión enorme de casas de tres mil unidades, llamadas “las Tres Mil Viviendas” (vulgarmente llamadas “las Tres Mil”), que hubieran podido acoger más de diez mil personas, y en 1979 se añadieron otros tantos bloques con la Barriada Antonio Machado y la Martínez Montañés, que juntas podían alojar más de ocho mil.


Hay una fecha en Sevilla que se considera como el comienzo de la modernidad, el 1992, año de la Exposición Universal o, como se suele decir, de la Expo. Sobre la ciudad llovieron 684 millones de euros en inversiones e infraestructuras, para acoger ya en el período de la construcción 1500 entre arquitectos e ingenieros, 4000 profesionales¬, 6000 obreros y, a partir de su inauguración, 36 millones de visitantes de todo el mundo. Entre las grandes obras llevadas a cabo figura la nueva estación de tren de Santa Justa, con recorridos subterráneos dentro de la ciudad. Menos el que pasa al lado del Polígono Sur, que va en la superficie. Es más, se empezó a construirlo bajo tierra pero, durante los trabajos y no se sabe por orden de quién, fue demolido y reconstruido sobre un enorme bloque al aire libre.

Alguien la llamó la “Gran Muralla”, pues oculta el barrio de la vista de la ciudad.

Como explica Miguel Martínez López, del departamento de Ciencias Humanas de la
Universidad de La Rioja, “en los últimos años asistimos a un proceso de rehabilitación urbanística de los centros históricos de muchas ciudades en reestructuración. Pero la rehabilitación es más que nada un recurso imaginario retórico, lleno de justificaciones de política barata de renovación urbana y de mecanismos decisorios de los altos niveles, que se pretende hacer pasar como consensuados ampliamente y con notable participación social. En realidad, el cambio viene impuesto en las ciudades industrializadas por puras estrategias inmobiliarias que apuntan a la recualificación de los capitales privados y lleva a una movilidad obligada de las clases subalternas: una expulsión del centro urbano, lenta pero eficaz”.

Dicho de otra manera, reunir a las franjas más pobres de la población en barrios populares y dejarlos fuera de la vista de la mayoría de los ciudadanos sirve, en períodos electorales, para convencer en la televisión de que este o aquel político ha hecho algo realmente concreto para resolver los problemas sociales. Algo que se basa en elementos de psicología barata: si no se ve al que está peor se tiene la impresión de estar todos mejor. Según María Rita Kehl, escritora de ética y psicoanálisis (2002), “el lenguaje televisivo predomina en la organización de las informaciones que nos llegan. Toda una serie de elementos
imaginarios remite a los espectadores a un mundo de fantasía […] en el que no hay dudas o incertidumbres y que nos eximen de pensar. El lenguaje televisivo nos infantiliza y el impacto de las imágenes nos da la falsa certeza de que las cosas son como son. Así la opinión pública participa en un banquete totalitario donde todas las alternativas están condimentadas en el modo que la imagen desea, evitando que la capacidad humana ponga en cuestión las versiones oficiales, cree hechos nuevos e invente soluciones para las grandes crisis sociales”.

Esto sin tener en cuenta la posibilidad que da la construcción de casas populares de forrarse con millones, para sí y para los propios clientes, entre contratas, concesiones, consultas, abastecimientos. Por estas turbias razones el Polígono Sur ha nacido y se ha convertido en un gueto. Un gueto para las 32.000 personas que en él viven. Un gueto para gitanos (el 25% de los residentes), para trabajadores precarios (el 82% de la población activa del barrio), para los analfabetos (64% de totales o funcionales) y los parados (el índice del paro es del 40%).

“El fenómeno de la segregación urbana no es nada nuevo en la sociedad. En la historia se pueden observar fenómenos semejantes en los barrios comerciales o en los coloniales durante la expansión europea en América o también en los guetos reservados a ciertos grupos étnicos, especialmente en el Renacimiento. A veces esta segregación ha asumido auténticas formas físicas en las ciudades por medio de muros y barreras. Hoy el fenómeno es más disimulado y la segregación es un producto de los poderes económicos personales. Una de las grandes ciudades donde la segregación es especialmente evidente es San Pablo en Brasil. El centro queda reservado para la burguesía pudiente y los operadores del terciario en un paisaje urbano dominado por enormes rascacielos. En cambio la periferia, con sus casas chabolas y sin infraestructuras, o casi, está ocupada por personas con escasos medios económicos”, dicen Méryl Jeannin, de la Universidad de Neuchâtel y Miguel Alcolea Moratilla de la Universidad Complutense de Madrid.

Estas diferencias residenciales, que reproducen las categorías sociales
(los ricos con los ricos, los burgueses con los burgueses y los pobres con los pobres) contribuyen a perpetuar, y no a suprimir, las desigualdades. Este aislamiento de la población en sectores separados no favorece el conocimiento recíproco y fomenta conductas y prejuicios que llevan a concebir la ciudad como hostil, peligrosa e insegura, cuando en realidad no lo es. En un ambiente de alta segregación residencial como es Sevilla, pero igual ocurre en Varsovia, Nápoles o París, se produce un “efecto vecindario”, o sea la idea de estar seguros solo en la propia casa y rodeados por gente del mismo nivel, con las mismas posibilidades económicas. Es una concepción que, lejos de permitir un intercambio recíproco entre las clases sociales, fomenta la reproducción intergeneracional de la pobreza y de la riqueza, con lo que los pobres no aprenden nada de los ricos y siguen siendo pobres y cada vez más marginados, mientras que los ricos no aprenden nada de los pobres y siguen siendo egoístas y cada vez más lejanos de la realidad.

Algo sabe de esto la gente del Polígono Sur. El 2 de diciembre de 1996, en la barriada cercana de la Paz, se comenzó a notar un gran movimiento de excavadoras y bulldozer. Y puesto que no se había avisado nada y en la obra no había carteles de ningún tipo, alguien se fue directamente al Ayuntamiento a pedir explicaciones y vino a saber que en el lejano 1990, sin advertir a los habitantes del Polígono, se había modificado un apéndice del Plan Municipal y se establecía que en aquella área debía surgir el nuevo “Punto Limpio” de la ciudad, aunque en el Ayuntamiento nadie sabía o quería explicar de qué se trataba y para qué servía. Fueron los periodistas del diario ABC los que descubrieron lo que era realmente ese “Punto Limpio”: una escombrera. Y lo interesante es que los políticos y ricachones del centro, ante las naturales protestas de los habitantes del Polígono, casi se indignan, como si tener un basurero debajo de casa fuese lo más normal del mundo. Naturalmente, debajo de la casa de los demás. En el fondo a ellos qué les importaba: los del Polígono eran pordioseros. Basura más o basura menos…

Menos mal que en centro del Polígono Sur, en el corazón de la tristemente famosa Tres Mil (considerada por El Pais como una de las zonas más peligrosas de España), está la pequeña parroquia de Jesús Obrero. Menos mal, no porque sea la única parroquia del barrio (hay otras dos) sino porque es la única confiada a los salesianos y la única que son su oratorio ofrece una concreta alternativa a la calle para los ocho mil chicos menores de 24 años que viven en el Polígono. No es que sea el Radio City Music Hall, pero es de todos modos algo excepcional en ese escuálido ambiente metropolitano lleno de dejadez, miseria, cemento y basura. Don Pepe, el párroco, y don Ramón, el responsable del oratorio, dedican todo su tempo y su vida al barrio y a los muchachos que allí viven. Porque Ale, Víctor, Conchita, Rocío, Jesús, Perla, Rosalía, Zapata, Fran, Jhonny, Juan Carlos, Deni, Limone y los demás son pequeños ángeles que no merecen que los dejen abandonados en el infierno, en aquel infierno.

Lo ha contado don Miguel Ferrero, también salesiano, a Italians del Corriere della Sera el 16 de diciembre de 2003: “[En Navidad] la banda de mi colegio de Tainan (Taiwan) va a tocar en Taipei, e toca «I will follow you», la música de «Sister Act», ¿lo recordáis?, aquella falsa monja en América que trasforma un barrio con un coro. [.] Son muchachos de una escuela profesional, mecánicos y electricistas. Poca filosofía, el Niño Jesús es «vamos de excursión a Taipei», que no es Belén, también hay un cura, que no es un ángel; pero en el fondo tampoco ellos son como los pastores. Cada uno tiene el belén que se merece. Tocan I will follow you, y no saben lo que significa. Pero sé que mi banda forma parte de un coro más grande. Lo sé, lo creo, lo oigo cantar. Tengo también a un estudiante de inglés que no está en la banda y que nunca ha tenido una familia. Quizás una madre, pero por poco tiempo. Jamás un padre, nunca una pelea entre hermanos. Una especie de abuela lo ha criado sin preocuparse. Ahora tiene dieciséis años y es bastante grande para dejar a la abuela, pero demasiado pequeño para vivir solo, demasiado solo para aprobar en la escuela. No sirve para nada, no estudia, no sabe jugar a baloncesto, las muchachas no se fijan en él, ni siquiera consigue que lo acepten en un banda de gamberros ni que lo quieran sus maestros . No tiene ambiciones ni bonitos recuerdos. Hemos estudiado los adjetivos, pero solo recordaba uno, «happy». No sabe formular una frase negativa y lo único que ha escrito en una hoja de examen es «I am happy», aunque no es verdad. En Navidad todos somos más felices, no hay alternativa. También él forma parte del gran coro. Solista”.

Como los de Taipei, también los chicos de las Tres Mil viven una difícil realidad. El bajo status económico, la alta movilidad y la heterogeneidad étnica del Polígono Sur son factores estructurales del crimen, de la conflictividad y de la inseguridad que dominan en el barrio. Por no hablar de la existencia de amplios grupos de personas, como los gitanos, víctimas de graves desigualdades y discriminaciones en el acceso a las oportunidades y a los servicios ofertados por la sociedad. Se diga lo que se diga por parte da algún politiquillo, nunca se ha podido demostrar que la pobreza sea un factor determinante de la delincuencia, pero sí lo es la falta de instituciones, ya que en ausencia de condiciones normales de vida los que tienen más capacidad o capital social se trasladan a otra parte y quedan solamente los que quisieran irse pero no pueden, y el barrio termina empobreciéndose y degradándose cada vez más. Entonces la heterogeneidad étnica, en vez de constituir una riqueza, se convierte en obstáculo, no por profundas diferencias culturales sino por la presencia de tópicos y prejuicios negativos recíprocos que aumentan la hostilidad, la sospecha y los conflictos entre vecinos.

Por eso en el Polígono Sur a veces lo normal es el horror. El 15 de noviembre de 1999 Francisco Javier Oliver Tinoco, de 23 años, golpeó salvajemente con una barra de hierro y mató de una puñalada a su pareja Rafaela, de 15 años, embarazada de cuatro meses. Después se suicidó lanzándose desde la terraza de su casa en un séptimo piso. La autopsia confirmó que estaba lleno de cocaína. Pero la cosa no terminó ahí. La familia Tinoco pidió protección a la policía porque tres días antes había sucedido algo semejante y la familia de la joven había querido vengarse: hubo un tiroteo en la calle y cuatro heridos graves. El magistrado que se ocupó de ambos casos declaró a la prensa: “allí se mata a una persona y no pasa nada”. Se refería a la “624 Viviendas”, una manzana a dos pasos de las Tres Mil, conocida como “Las Vegas”, o sea, el supermercado de la droga. Cuarenta puntos de venta entre “camellos” free lance y “picaeros”, donde casi exclusivamente se abastecen los treinta mil consumadores habituales de cocaína de la ciudad, como advierte en una circular de 2006 el departamento de Drogodependencias y Adicciones de la Consejería de Igualdad y Bienestar Social de Sevilla. La circular describe el perfil medio del drogadicto: entre los 30 y 40 años, buen nivel educativo, rédito medio-alto. Es decir, los mismos que han segregado a los pobres en el Polígono. En el barrio quedan los criminales, camellos, prostitutas, traficantes, con todo lo que trae consigo de tiroteos, ajustes de cuentas, delincuencia juvenil, mientras que ellos llegan en taxi, se paran, compran la dosis y se vuelven a disfrutársela en sus bonitas casas del centro. A lo mejor en las mismas de las que echaron, antes, a los que mandaron a las Tres Mil.

Ahora bien, el oratorio es, como todos los oratorios salesianos, un lugar seguro. Ahí no hay delincuencia, droga, violencia, malas compañías. Los chavales encuentran un ambiente sereno donde pasar el tempo, jugar, aprender y olvidar los problemas del barrio. Un alivio para ellos y para sus padres, que trabajan todo el día y no pueden permitirse una baby-sitter, y no quieren que sea la calle la que piense en sus hijos. Es verdad que los chicos de las Tres Mil han crecido aprisa y que, aunque anagráficamente son muy jóvenes, ya saben distinguir el bien y el mal y a veces resultan ser más maduros que los mismos adultos que, como educadores, hacen voluntariado en la parroquia. Pero el lado oscuro del barrio, la pobreza, la resignación, el nihilismo son amenazas vidriosas y larvadas y, para combatirlas, no bastan las armas del buen corazón, la honradez y la sinceridad que los chicos de las Tres Mil, a pesar de todo, demuestran poseer en abundancia. Por eso los padres salesianos hacen todo lo posible para protegerlos y darles los instrumentos para combatir los males de la triste realidad que los rodea.

Pero no solo el paro, la precariedad, la droga y la delincuencia amenazan el futuro de los muchachos del Polígono. Su verdadero gran enemigo es el abandono escolar, que en el barrio es una auténtica plaga social.
El por qué lo explica Carlos Sánchez, en una publicación de la Universidad de los Andes de Mérida (Venezuela) con el título “la escuela, el abandono escolar y la lectura”, de 2002. “Las escuelas que componen el circuito de calidad son en su mayoría privadas y caras, o públicas pero exclusivas. Entre las razones que explican sus buenos resultados hay que señalar que disponen de un personal por lo general muy capaz y un director que sabe más que sus profesores. […] En cambio, el circuito del fracaso está compuesto casi totalmente por escuelas públicas de zonas pobres, tanto urbanas como rurales. […] Y es aquí donde se sufre el abandono escolar. En una alta proporción, los enseñantes de estas escuelas non están bien preparados, tienen un nivel bajo de motivación y para colmo no cuentan con un director capaz de supervisar directamente la labor educativa. En las escuelas del círculo del fracaso el director asume una función casi exclusivamente burocrática y pierde gran parte de su tiempo con problemas relativos a nóminas y suplencias, o bien asistiendo a reuniones de distrito, de sector o de otro tipo […], que impiden que cumpla una función de supervisión, y esto suponiendo que no le falte la voluntad de hacerlo”.

Es un hecho innegable, aunque negado sistemáticamente, que los alumnos de uno y otro circuito son diferentes. El Instituto Nacional de Estadística español estima que el 90% de los alumnos que entran en el circuito de calidad termina con regularidad los estudios superiores y un 50% llega a la licenciatura. En cambio, solo el 60% de los muchachos del circuito del fracaso termina el bachillerato y apenas el 10% tiene la altura intelectual para poder ir a la universidad.

Sigue diciendo el profesor Sánchez: “el abandono escolar se manifiesta de tres maneras: el rendimiento bajo, el suspenso y el abandono. Las tres son producto de la falta de dominio de la lengua escrita. Los chicos consiguen un bajo rendimiento a lo largo del período escolar porque no dominan la lengua escrita y por tanto no entienden bien lo que leen y no pueden tener buenos resultados en los estudios. Y así repiten una, dos y más veces y terminan desertando (o mejor dicho, es la escuela las que les obliga a abandonar) […]. Los muchachos que repiten, según las estadísticas, tiene una doble o triple probabilidad de no terminar la enseñanza obligatoria. Pero los que repiten no son hijos de médicos, abogados u otros profesionales, ni siquiera hijos de comerciantes pudientes, de empresarios o terratenientes. Son los hijos de los empleados pobres, de las mujeres de servicio, de los campesinos u obreros en paro. Los que repiten provienen de los sectores más vulnerables de la sociedad […]. Los que más sufren el abandono escolar son los chavales que llegan a la escuela con menos informaciones, con menos conocimientos, con familias que no pueden contribuir financiera o intelectualmente a su éxito escolar y los menos capaces de recuperar el tiempo perdido. A todo esto hay que añadir las dificultades materiales y la cultura de la pobreza. Esta es la verdadera dimensión del abandono escolar: la injusticia social”.

Ministros, concejales y asesores no lo han entendido todavía, pero los salesianos lo saben desde siempre y, de hecho, en el oratorio de Jesús Obrero dos religiosas, Mari-Angeles y Milli, ambas maestras, organizan actividades extraescolares y coordinan a los maestros de apoyo voluntarios que siguen y ayudan a los muchachos en los estudios. Con buenos resultados, a juzgar por el pequeño Alejandro que, con 9 años, en un encuentro de formación, a la pregunta “¿qué quieres ser de mayor”?, mientras otros contestaban: torero, futbolista o cantante, él decía: “quiero ir a la universidad”; o por Víctor, 13 años, que sabe inglés mucho más que el presidente del gobierno Zapatero.

Si es verdad lo que dice el P. Ferrero, que “quizás haya una puerta en el cielo para los amigos de Don Bosco”, entonces también Ale, Víctor, Conchita, Rocío, Jesús, Perla, Rosalía, Zapata, Fran, Jhonny, Juan Carlos, Deni, Limone y todos los demás , los niños de las Tres Mil, los chicos del oratorio de Jesús Obrero, encontrarán ciertamente su dimensión de tranquilidad y serenidad. Y en la vida harán algo bueno, para sí y para el barrio, porque, como ellos dicen, “nosotros de las Tres Mil tenemos un hambre terrible, pero en fin de cuentas somos todos buena gente”. Es verdad, y el que nace ángel no puede morir demonio.

Por lo que a mi se refiere, yo que he estado con ellos, que los he conocido, que he trabajado para ellos, que los he acompañado en un campamento y he pasado con ellos todo el verano, tengo que estar de acuerdo con Lucio Dalla cuando escribe:
“porque yo siento que / estoy seguro de que / yo sé que los ángeles son millones de millones / y no los ves en los cielos sino entre los hombres / son los más pobres y los más solos / los cogidos entre las redes / y si entre los hombres naciese una vez más Dios / le obedecería amándolo a mi manera / y le diría / ¡qué desgraciados los poderosos! / y tú ¿qué haces, los perdonas?”.

[Sevilla, septiembre de 2007]

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